Cómo actuar ante las rabietas

Todo el mundo sabe, de una manera o de otra, de qué estamos hablando cuando pronunciamos la palabra rabieta. Y muchos de los que leéis nuestro blog habréis sufrido las de vuestros hijos. Es el tema que vamos a tratar en este artículo y os propondremos algunas ideas para poder lidiar con ellas.

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¿Por qué se producen?

Las rabietas, pataletas o berrinches suelen aparecer en los niños a partir de los 15 meses aproximadamente. Se producen como respuesta a la baja tolerancia de los pequeños ante las frustraciones. En estas edades el niño se encuentra en pleno conflicto entre la adquisición de su autonomía y la fuerte dependencia que aún tiene de los adultos, lo que en ocasiones provoca en él cierta dificultad a la hora de controlar sus emociones.

En general, las rabietas no son otra cosa que un mecanismo para intentar atraer la atención de sus adultos de referencia. El hecho de empezar a caminar le ayuda a descubrir su independencia y aumenta la necesidad de comunicar y satisfacer sus deseos. Empiezan a surgir así las primeras manifestaciones con las que intenta reafirmar su propia voluntad. El problema surge cuando el niño acaba interiorizando que una rabieta modifica el comportamiento de sus padres.

¿Cómo se pueden prevenir?

Existen ciertas cosas que se pueden hacer para intentar prevenir o disminuir el número de ocasiones que pueden derivar en una pataleta. En primer lugar, es necesario que los padres eviten la ambivalencia a la hora de poner las normas (si mamá dice ‘no’, papá dice ‘no’). Por otro lado, es aconsejable permitir que el niño haga elecciones con cierta frecuencia (de esta manera sentirá que su opinión es tenida en cuenta y favorecerá su autonomía), reforzar sus comportamientos positivos y atenderle cuando nos reclame de buenas maneras.

También es importante tener en cuenta que, en general, los conflictos de los niños se agravan cuando encuentran incomprensión, juicios de valor o la represión de sus sentimientos. Como adultos es necesario entender los motivos por los que se producen, empatizar con el niño y tratar de comprenderle. Del mismo modo, hemos de reflexionar acerca de la importancia de las normas que establecemos ya que en algunos casos pueden llegar a ser demasiado restrictivas o ilógicas. Por ejemplo, si quiere un juguete y estamos tomando algo con unos amigos en casa, no pasa nada si se lo damos; ahora bien, si él está cenando y quiere un juguete, no debemos dárselo ya que no se juega mientras se cena.

¿Cómo actuar ante las rabietas?

En primer lugar es necesario mantener la calma, tener tranquilidad (aunque la situación llegue a ser muy irritante) y transmitir firmeza. El niño debe comprender que lo que está haciendo es inadecuado y que no le librará de seguir las normas ni modificará la conducta de sus padres. Las respuestas agresivas no solucionan nada y pueden acabar por convertirse en modelos a imitar en el futuro.

Si la rabieta es para atraer la atención, que como ya hemos comentado antes, es el objetivo de la mayoría de ellas en estas edades, lo mejor en un primer momento es ignorarlas. Así, cuando se produce, podemos apartarnos del niño tranquilamente y continuar haciendo nuestras cosas sin prestarle atención hasta que se le pase. Podemos recordarle una o dos veces qué es lo que debe hacer ya que estamos tratando de ayudarle a que lo comprenda y a que recupere el control. Después le hablaremos cariñosamente como si nada hubiera pasado para que sienta que le queremos aunque ese comportamiento no lo aceptemos.

Es muy importante que, en cualquier caso, no se acabe saliendo con la suya: si algo ocasionó la pataleta (el niño no quiere recoger sus juguetes) no acabaremos haciéndolo nosotros, tiene que hacerlo él. Si no, entenderá que ésta le sirve para conseguir lo que quiere. Actuaremos siempre, ocurran donde ocurran: si es en un lugar público también debemos tomar medidas (por ejemplo, llevarlo al coche hasta que se tranquilice) o terminará por aprender que una rabieta es más eficaz con gente alrededor.

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Educar la sinceridad

El diccionario de la RAE define la sinceridad de la siguiente manera: sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento. Es importante transmitir este valor a los pequeños. En ocasiones, muchos padres se preocupan porque sus hijos no son del todo sinceros, por eso hemos decidido dedicar un artículo a cómo tratar este tema.

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Como comenta la psicóloga Elvira Sánchez en una entrevista realizada para el programa de radio de AMEI-WAECE El Rincón de la Educación Infantil, es importante que el niño se acostumbre a decir la verdad desde pequeño, ya que de esta manera establecerá relaciones interpersonales positivas y aumentará la confianza que otras personas están depositando en él.

Ser sincero le ayudará a vivir en contacto con la realidad, a establecer una identidad personal más sólida y a aumentar su autoestima y la confianza en sí mismo. Además, la sinceridad es un valor base para la adquisición de otros: la honradez, la franqueza, la honestidad, la autenticidad, la nobleza, la lealtad, la confianza, la justicia, la amistad o el respeto.

La etapa de los tres a los nueve años es aquella en la que los niños mejor asimilan los hábitos relacionados con la sinceridad y la justicia. En concreto, entre los cuatro y los cinco años, la maduración de las estructuras cerebrales permite que el niño comience a distinguir lo verdadero de lo fantástico y, aproximadamente a partir de los seis, cuando comienza a entender el valor moral de la sinceridad y cuando puede esforzarse realmente por interiorizar este valor.

¿Por qué mi hijo no es sincero?

En general, los niños tienen una gran imaginación y suelen tener dificultades para distinguir entre la realidad y su propia fantasía. El niño disfruta con sus fabulaciones porque le permiten modificar la realidad según sus propios deseos, es feliz porque cambia lo que no le gusta. Es importante tener claro que en este caso no existe una intención expresa de engañar o de falsear la realidad por lo que no se debe recriminar al niño por su conducta, simplemente se trata de una confusión de planos en su mundo interior.

Sin embargo, en otras ocasiones, el niño sí expresa una voluntad manifiesta de manipular la realidad para conseguir algo que le interesa, para llamar la atención de las personas que le rodean o para evitar un castigo por algo que no debía haber hecho. Marisol Justo de la Rosa, Maestra especialista en Educación Infantil, afirma que para que exista la mentira infantil es necesario que exista una intencionalidad y una conciencia de haber modificado un hecho real: el niño miente cuando deforma premeditadamente un hecho real o afirma o niega algo que no es cierto con intención de engañar.

La mentira puede estar motivada por una falta de autoestima o de seguridad en sí mismo: en este caso, el niño no se siente capaz de afrontar la realidad y la intenta cambiar a su antojo. De igual forma, si se encuentra en un entorno en el que el castigo se utiliza con frecuencia, aprenderá a mentir para librarse de los castigos y las riñas.

Educar la sinceridad

Para educar la sinceridad es bueno proporcionar al niño un clima afectivo de seguridad, de aceptación y de confianza en el que pueda ser él mismo, sin miedo a ser rechazado por no cumplir las expectativas que muchas veces depositamos en él. Se debe observar si, cuando es preguntado, dice la verdad y reforzar ese buen comportamiento.

Cuando se producen preguntas incómodas es necesario contar la verdad, aunque siempre sabiendo cómo de preparado está nuestro hijo y hasta dónde podemos llegar. Ocultar la verdad impide que se estimule la sinceridad. Siempre es preferible contar poco pero que sea cierto que mentir.

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Los padres y los educadores deben ser siempre modelos correctos a imitar en este sentido. Por eso debemos ser conscientes de las pequeñas mentiras de conveniencia que podamos utilizar a lo largo del día (por ejemplo, vendrá un señor a regañarte si no paras de gritar, no uses esto porque está roto o no funciona cuando realmente no lo está, cuando te lo acabes o hagas algo bien te premio con algo y luego no hay premio). El comportamiento de los adultos es observado e imitado por los niños: si nosotros les mentimos a ellos, ellos también lo harán.

¿Qué hacer cuando el niño miente?

No se deben hacer juicios de valor personal del niño como, por ejemplo, llamarle mentiroso. Y menos delante de otras personas. El objetivo es modificar un aspecto de su comportamiento, no cambiar su personalidad. Cuando falte a la verdad es necesario averiguar por qué lo hace e intentar corregirlo, pero sin presionarlo para que se sienta culpable, pues la culpa genera sentimientos negativos que interfieren en su equilibrio emocional. El niño debe ser consciente y responsable de que ha mentido y de que eso no está bien.

Marisol Justo de la Rosa apunta una serie estrategias que se pueden poner en marcha para evitar éste comportamiento, disminuir su frecuencia o incluso llegar a eliminarlo:

  • Analizar por qué miente el niño: si es por inseguridad, falta de autoestima, para llamar la atención, si se siente presionado, etc.

  • No castigarle si admite con sinceridad que ha hecho algo que está mal y darle la oportunidad de enmendarse.

  • Que el pequeño comprenda que decir la verdad tiene más ventajas.

  • Crear un clima de afectividad, seguridad y confianza.

  • Que el niño sienta que se encuentra en un ambiente relajado donde la mentira no tiene sitio.

Debemos tener en cuenta que, aunque no haya adquirido aún una conciencia moral, está asentando las bases para logarlo y debemos ayudarle a hacerlo en la dirección correcta.

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