Respetar el ritmo de aprendizaje de los niños

Hoy en día, en la sociedad en la que estamos inmersos, existe una cierta tendencia a valorar más la capacidad de adquisición de conocimientos que un niño tiene a edades tempranas que el hecho, mucho más importante, de que los haya adquirido por su propio interés o necesidad de satisfacción. La realidad es que, en ocasiones, los niños aprenden determinados conocimientos debido a las presiones y exigencias que los adultos proyectamos sobre ellos. Por eso, en este artículo hemos decidido hablar sobre el ritmo de aprendizaje.

Cada niño tiene su propio ritmo de aprendizaje

En nuestra amplia experiencia como Escuela Infantil siempre hemos sido conscientes de que cada niño es un ser único. Consecuentemente, cada uno goza de su propio ritmo y estilo de maduración, desarrollo y aprendizaje. De la misma manera, tenemos muy presente la importancia de respetar este ritmo y de ser pacientes y flexibles con cada uno de nuestros alumnos. Consideramos muy importante el hecho de respetar el ritmo de aprendizaje de los niños desde que son pequeños. De esta manera favorecemos su óptimo desarrollo.

En la Guía para padres y madres: Cómo educar en positivo, publicada por Save the children, se destaca la importancia de tener presente que cada niño o niña es único y diferente a los demás y tiene su propio ritmo de desarrollo (algunos, por ejemplo, empiezan a hablar antes que otros o pueden empezar a caminar sin haber gateado antes). Entender el comportamiento de tu hijo implica conocer los aspectos principales de cada etapa de su desarrollo, sus necesidades y cómo responder ante ellas adecuadamente.

Protagonistas de sus aprendizajes

El desarrollo de los niños no es un proceso uniforme. Los logros que van consiguiendo a lo largo del tiempo no ocurren en todos a la misma edad exactamente. Sí que es cierto que se establece una edad aproximada para la consecución de ciertas habilidades o hitos. Pero nunca debe tomarse como una fecha exacta. Cada niño tiene un ritmo de aprendizaje diferente, así como unas características, unas necesidades y unos intereses propios.

Una alta exigencia por parte de los adultos puede llevar a nuestros pequeños hacia la frustración y el desánimo. Sin embargo, si hacemos que los niños realicen tareas adecuadas a su edad estaremos contribuyendo a que en el futuro sean personas más seguras, tengan más autoestima y una mayor confianza en sí mismos. Siempre es mejor no forzar al niño a hacer cosas para las que todavía no esté preparado. En cambio, podemos ir planteándole retos que sepamos que se encuentran a su alcance en cada momento. También debemos dejarles tiempo para que intenten completarlos por sí mismos. Si lo acabamos resolviendo nosotros sentirán que no son capaces y su autoestima se verá disminuida. Igualmente, destacar los logros conseguidos hará que aumente su confianza y se sienta preparado para afrontar retos más complejos.

No tengamos prisa porque nuestros hijos crezcan rápido. Ni porque sean los primeros en saberlo todo y en hacer las cosas antes que los demás. Lo importante es que disfruten de su propio camino de aprendizaje.

Escuela Infantil Booma

El desarrollo del lenguaje en los niños

¿Os habéis preguntado alguna vez de dónde viene la palabra infancia? Lo hace del latín infans, que significa mudo, el que no habla. Aunque para los antiguos romanos el sentido de que no podían hablar no era literal, sino que la usaban para designar a aquellas personas que no podían expresarse o defenderse en público. En este artículo vamos a hablar del lenguaje en los niños y de algunas cosas que podemos hacer para favorecer su desarrollo.

Imagen del Blog de la Escuela Infantil Booma sobre el lenguaje en los niños.

Como sabéis, el ser humano es un ser social y, como tal, se comunica a través de diferentes códigos o tipos de lenguaje. El lenguaje verbal, que los niños aprenden de manera natural, es el instrumento fundamental para las relaciones sociales. Además posibilita el pensamiento, ayuda a poder interpretar el mundo que nos rodea y a entender las emociones. De ahí la importancia de ponerle nombre a lo que los niños sienten (alegría, tristeza, frustración, etc.). También contribuye al desarrollo de la inteligencia y es primordial para poder buscar soluciones a los problemas.

Desde su nacimiento el niño desarrolla conductas comunicativas, tanto verbales como no verbales. Primero comienzan los gorjeos, después los balbuceos y las sílabas sueltas hasta que acaban por aparecer las primeras palabras. Con el tiempo y la práctica se va adquiriendo el dominio del lenguaje. Un adecuado desarrollo nervioso, sensorial y motor, una necesidad incipiente de expresarse, la correcta estimulación por parte de los adultos de referencia y un clima tranquilo, distendido y seguro son las principales condiciones que favorecen la comunicación de los pequeños.

¿Qué podemos hacer para favorecer el desarrollo del lenguaje en los niños?

Centrándonos en los niños de 0 a 3 años, os proponemos algunas pautas que pueden favorecer el desarrollo del lenguaje en vuestros peques a estas edades:

  • Hablarles desde que son bebés respondiendo a sus balbuceos. La entonación es lo primero que entienden los bebés, así son capaces de detectar si estamos contentos o enfadados. En la Escuela tenéis la oportunidad de observar a Eva, educadora del aula de maternales, hablando constantemente a los pequeños.

  • Quitarles el chupete, puesto que si el niño tiene la necesidad de expresarse y lo tiene puesto, no lo hará.

  • Hablarles despacio y de forma sencilla cuando son pequeños. Ponerle nombre a las cosas que señalan y reforzar cualquier intento de comunicación del niño. Cantar canciones sencillas y cortas.

  • Desde pequeños los niños disfrutan escuchando narraciones, historias y cuentos. A medida que van creciendo se va incrementando el tiempo en el que son capaces de permanecer atentos y concentrados en historias más largas y complejas. Así, podemos leer cuentos con ellos y hacerles después preguntas o comentarios sobre la historia. También suelen gustarles mucho las poesías, las rimas, los trabalenguas o las adivinanzas.

  • Al hablar con ellos, poner énfasis al vocalizar las sílabas. Por ejemplo, mientras juegan con un pompero marcar las sílabas de la palabra POM-PA mientras las señalamos con el dedo.

  • Jugar con ellos a nombrar animales a partir del sonido que estos emiten. Dramatizar cuentos, ir describiendo lo que dibujan, poner voces a los personajes de las historias…

  • Incentivarles a hablar, a comunicarse, a pedir las cosas a través de las palabras. En definitiva, dialogar con ellos en cualquier situación de la vida diaria.

Por último, es importante que cuidemos el lenguaje ya que los niños aprenden por imitación. No conviene hablarles como lo hacen ellos, sino usar nuestras propias palabras haciendo que nos entiendan para que, poco a poco, ellos las vayan aprendiendo. En caso de que pronuncien una palabra de manera incorrecta, repetir la frase con la palabra correcta en lugar de tratar de corregirles. También es necesario enseñarles las normas básicas que rigen el intercambio comunicativo, como por ejemplo: mirar a quien habla, esperar turno o escuchar con atención a los adultos u otros niños cuando están hablando.

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Cómo actuar ante las rabietas

Todo el mundo sabe, de una manera o de otra, de qué estamos hablando cuando pronunciamos la palabra rabieta. Y muchos de los que leéis nuestro blog habréis sufrido las de vuestros hijos. Es el tema que vamos a tratar en este artículo y os propondremos algunas ideas para poder lidiar con ellas.

Booma Escuela Infantil Rabieta Pataleta

¿Por qué se producen?

Las rabietas, pataletas o berrinches suelen aparecer en los niños a partir de los 15 meses aproximadamente. Se producen como respuesta a la baja tolerancia de los pequeños ante las frustraciones. En estas edades el niño se encuentra en pleno conflicto entre la adquisición de su autonomía y la fuerte dependencia que aún tiene de los adultos, lo que en ocasiones provoca en él cierta dificultad a la hora de controlar sus emociones.

En general, las rabietas no son otra cosa que un mecanismo para intentar atraer la atención de sus adultos de referencia. El hecho de empezar a caminar le ayuda a descubrir su independencia y aumenta la necesidad de comunicar y satisfacer sus deseos. Empiezan a surgir así las primeras manifestaciones con las que intenta reafirmar su propia voluntad. El problema surge cuando el niño acaba interiorizando que una rabieta modifica el comportamiento de sus padres.

¿Cómo se pueden prevenir?

Existen ciertas cosas que se pueden hacer para intentar prevenir o disminuir el número de ocasiones que pueden derivar en una pataleta. En primer lugar, es necesario que los padres eviten la ambivalencia a la hora de poner las normas (si mamá dice ‘no’, papá dice ‘no’). Por otro lado, es aconsejable permitir que el niño haga elecciones con cierta frecuencia (de esta manera sentirá que su opinión es tenida en cuenta y favorecerá su autonomía), reforzar sus comportamientos positivos y atenderle cuando nos reclame de buenas maneras.

También es importante tener en cuenta que, en general, los conflictos de los niños se agravan cuando encuentran incomprensión, juicios de valor o la represión de sus sentimientos. Como adultos es necesario entender los motivos por los que se producen, empatizar con el niño y tratar de comprenderle. Del mismo modo, hemos de reflexionar acerca de la importancia de las normas que establecemos ya que en algunos casos pueden llegar a ser demasiado restrictivas o ilógicas. Por ejemplo, si quiere un juguete y estamos tomando algo con unos amigos en casa, no pasa nada si se lo damos; ahora bien, si él está cenando y quiere un juguete, no debemos dárselo ya que no se juega mientras se cena.

¿Cómo actuar ante las rabietas?

En primer lugar es necesario mantener la calma, tener tranquilidad (aunque la situación llegue a ser muy irritante) y transmitir firmeza. El niño debe comprender que lo que está haciendo es inadecuado y que no le librará de seguir las normas ni modificará la conducta de sus padres. Las respuestas agresivas no solucionan nada y pueden acabar por convertirse en modelos a imitar en el futuro.

Si la rabieta es para atraer la atención, que como ya hemos comentado antes, es el objetivo de la mayoría de ellas en estas edades, lo mejor en un primer momento es ignorarlas. Así, cuando se produce, podemos apartarnos del niño tranquilamente y continuar haciendo nuestras cosas sin prestarle atención hasta que se le pase. Podemos recordarle una o dos veces qué es lo que debe hacer ya que estamos tratando de ayudarle a que lo comprenda y a que recupere el control. Después le hablaremos cariñosamente como si nada hubiera pasado para que sienta que le queremos aunque ese comportamiento no lo aceptemos.

Es muy importante que, en cualquier caso, no se acabe saliendo con la suya: si algo ocasionó la pataleta (el niño no quiere recoger sus juguetes) no acabaremos haciéndolo nosotros, tiene que hacerlo él. Si no, entenderá que ésta le sirve para conseguir lo que quiere. Actuaremos siempre, ocurran donde ocurran: si es en un lugar público también debemos tomar medidas (por ejemplo, llevarlo al coche hasta que se tranquilice) o terminará por aprender que una rabieta es más eficaz con gente alrededor.

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La música en la infancia

El filósofo griego Aristóteles enseñaba que la música representa los estados del alma, así cuando se escucha música que imita cierta pasión, se es imbuido por esa misma pasión. Ya en aquella época, la música era considerada una de las columnas del aprendizaje. En este artículo os presentamos algunas actividades musicales para realizar con nuestros pequeños.

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La música siempre ha desempeñado un papel importante en el aprendizaje. Por ejemplo, se sabe que puede mejorar el vocabulario. De acuerdo con una reciente revisión durante el entrenamiento musical para tocar un instrumento se establecen conexiones neuronales que mejoran también otros aspectos de la comunicación humana. De ahí que los niños con formación musical tengan un mejor vocabulario y capacidad de lectura. En este sentido, la música tiene un efecto positivo sobre la memoria y la atención, del mismo modo que mejora las capacidades cognitivas de los niños.

Pero más allá de la mejora en habilidades intelectuales, escuchar música es una actividad placentera que espolea el desarrollo creativo y emocional. La música activa recuerdos, estimula la memoria y la imaginación y contribuye al proceso creador. A los niños a los que se les estimula el lenguaje musical aprenden más rápido los procesos del lenguaje, los matices, la sintaxis y la habilidad de escucha. Además, tienen menos problemas de dislexia. Cantar o hacer música es muy beneficioso para ellos.

Actividades para realizar con los niños

Existen multitud de actividades que pueden servir para disfrutar con los niños de la expresión musical sin necesidad de una instrucción formal. Marisol Justo de la Rosa, maestra especialista en Educación Infantil, enumera algunas de ellas:

  • Cantar con ellos. Cantando el niño desarrolla el lenguaje, cuida la vocalización y la entonación, amplía el control de la respiración, ejercita los músculos que intervienen en la emisión de los sonidos y aprender a modular la voz.

  • Escuchar música que se adapte a la actividad que se realiza. Por ejemplo: clásica para dibujar, canciones infantiles para el juego, música relajante para antes de dormir, etc.

  • Grabar un CD con las canciones que les gustan, para que ellos las puedan poner cuando les apetezca.

  • Jugar a inventar canciones.

  • Hablarles de los sentimientos que nos inspiran a nosotros distintas canciones o melodías.

  • Llevarlos a escuchar música en vivo.

  • Cantar una misma canción de diferentes maneras: rápida, lenta, más fuerte, susurrando, etc.

La música es un excelente medio para favorecer el desarrollo intelectual, emocional y creativo de los niños. Un buen ejemplo de ello es el siguiente vídeo, en el que Bobby McFerrin demuestra, durante una conferencia en el World Science Festival de 2009, el poder de la escala pentatónica y el carácter universal de la música.

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Educar la sinceridad

El diccionario de la RAE define la sinceridad de la siguiente manera: sencillez, veracidad, modo de expresarse o de comportarse libre de fingimiento. Es importante transmitir este valor a los pequeños. En ocasiones, muchos padres se preocupan porque sus hijos no son del todo sinceros, por eso hemos decidido dedicar un artículo a cómo tratar este tema.

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Como comenta la psicóloga Elvira Sánchez en una entrevista realizada para el programa de radio de AMEI-WAECE El Rincón de la Educación Infantil, es importante que el niño se acostumbre a decir la verdad desde pequeño, ya que de esta manera establecerá relaciones interpersonales positivas y aumentará la confianza que otras personas están depositando en él.

Ser sincero le ayudará a vivir en contacto con la realidad, a establecer una identidad personal más sólida y a aumentar su autoestima y la confianza en sí mismo. Además, la sinceridad es un valor base para la adquisición de otros: la honradez, la franqueza, la honestidad, la autenticidad, la nobleza, la lealtad, la confianza, la justicia, la amistad o el respeto.

La etapa de los tres a los nueve años es aquella en la que los niños mejor asimilan los hábitos relacionados con la sinceridad y la justicia. En concreto, entre los cuatro y los cinco años, la maduración de las estructuras cerebrales permite que el niño comience a distinguir lo verdadero de lo fantástico y, aproximadamente a partir de los seis, cuando comienza a entender el valor moral de la sinceridad y cuando puede esforzarse realmente por interiorizar este valor.

¿Por qué mi hijo no es sincero?

En general, los niños tienen una gran imaginación y suelen tener dificultades para distinguir entre la realidad y su propia fantasía. El niño disfruta con sus fabulaciones porque le permiten modificar la realidad según sus propios deseos, es feliz porque cambia lo que no le gusta. Es importante tener claro que en este caso no existe una intención expresa de engañar o de falsear la realidad por lo que no se debe recriminar al niño por su conducta, simplemente se trata de una confusión de planos en su mundo interior.

Sin embargo, en otras ocasiones, el niño sí expresa una voluntad manifiesta de manipular la realidad para conseguir algo que le interesa, para llamar la atención de las personas que le rodean o para evitar un castigo por algo que no debía haber hecho. Marisol Justo de la Rosa, Maestra especialista en Educación Infantil, afirma que para que exista la mentira infantil es necesario que exista una intencionalidad y una conciencia de haber modificado un hecho real: el niño miente cuando deforma premeditadamente un hecho real o afirma o niega algo que no es cierto con intención de engañar.

La mentira puede estar motivada por una falta de autoestima o de seguridad en sí mismo: en este caso, el niño no se siente capaz de afrontar la realidad y la intenta cambiar a su antojo. De igual forma, si se encuentra en un entorno en el que el castigo se utiliza con frecuencia, aprenderá a mentir para librarse de los castigos y las riñas.

Educar la sinceridad

Para educar la sinceridad es bueno proporcionar al niño un clima afectivo de seguridad, de aceptación y de confianza en el que pueda ser él mismo, sin miedo a ser rechazado por no cumplir las expectativas que muchas veces depositamos en él. Se debe observar si, cuando es preguntado, dice la verdad y reforzar ese buen comportamiento.

Cuando se producen preguntas incómodas es necesario contar la verdad, aunque siempre sabiendo cómo de preparado está nuestro hijo y hasta dónde podemos llegar. Ocultar la verdad impide que se estimule la sinceridad. Siempre es preferible contar poco pero que sea cierto que mentir.

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Los padres y los educadores deben ser siempre modelos correctos a imitar en este sentido. Por eso debemos ser conscientes de las pequeñas mentiras de conveniencia que podamos utilizar a lo largo del día (por ejemplo, vendrá un señor a regañarte si no paras de gritar, no uses esto porque está roto o no funciona cuando realmente no lo está, cuando te lo acabes o hagas algo bien te premio con algo y luego no hay premio). El comportamiento de los adultos es observado e imitado por los niños: si nosotros les mentimos a ellos, ellos también lo harán.

¿Qué hacer cuando el niño miente?

No se deben hacer juicios de valor personal del niño como, por ejemplo, llamarle mentiroso. Y menos delante de otras personas. El objetivo es modificar un aspecto de su comportamiento, no cambiar su personalidad. Cuando falte a la verdad es necesario averiguar por qué lo hace e intentar corregirlo, pero sin presionarlo para que se sienta culpable, pues la culpa genera sentimientos negativos que interfieren en su equilibrio emocional. El niño debe ser consciente y responsable de que ha mentido y de que eso no está bien.

Marisol Justo de la Rosa apunta una serie estrategias que se pueden poner en marcha para evitar éste comportamiento, disminuir su frecuencia o incluso llegar a eliminarlo:

  • Analizar por qué miente el niño: si es por inseguridad, falta de autoestima, para llamar la atención, si se siente presionado, etc.

  • No castigarle si admite con sinceridad que ha hecho algo que está mal y darle la oportunidad de enmendarse.

  • Que el pequeño comprenda que decir la verdad tiene más ventajas.

  • Crear un clima de afectividad, seguridad y confianza.

  • Que el niño sienta que se encuentra en un ambiente relajado donde la mentira no tiene sitio.

Debemos tener en cuenta que, aunque no haya adquirido aún una conciencia moral, está asentando las bases para logarlo y debemos ayudarle a hacerlo en la dirección correcta.

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Los primeros días en Booma

Ahora que estamos empezando un nuevo curso nos gustaría recordar algunos de los aspectos que consideramos más importantes durante el período de incorporación de los niños al Centro y que conviene tener en cuenta, ya que permiten facilitar su adaptación a esta nueva etapa que comienza.

La familia

El primer grupo social del que formamos parte en nuestra vida es la familia. La familia y particularmente la madre, es la responsable de satisfacer las necesidades básicas del bebé, que establecerá fuertes vínculos afectivos con todos aquellos que satisfacen sus necesidades básicas, le regulan el comportamiento y le seleccionan los estímulos. Estos vínculos son los que determinarán la calidad de las relaciones futuras de la persona, de ahí la importancia del afecto en los primeros años de vida. Este primer grupo social será el que regule las pautas de conducta y comportamiento deseable y constituyen, por tanto, el primer modelo en el que fijarse y hacia el que tender.

La escuela

El segundo grupo en el que se integra un niño, en la mayoría de los casos, es la Escuela. Se trata de un período de ilusión y de nuevos retos tanto para él como para los padres. Los Centros de Educación Infantil, además de ser una buena solución para las familias en las que ambos padres trabajan, son de gran ayuda para la socialización de los niños.

Educadora leyendo un cuento a los bebés de la Escuela Infantil Booma

Generalmente, separarse de los padres puede provocar en los niños sentimientos de miedo y ansiedad. Debemos tener en cuenta que los niños pequeños no tienen una percepción clara del espacio y del tiempo, por lo que tienden a creer que la separación es para siempre. La reacción natural suele ser el llanto, con el que demanda el regreso de su familia.

Las despedidas

Lejos de ser un problema, el miedo a la separación es un mecanismo evolutivo que el niño irá perdiendo gradualmente durante el período de adaptación. En este sentido, es importante prestar atención al instante de la despedida: es muy recomendable que éste momento no se alargue en exceso para no preocupar al niño. Si el niño ve tristes a los padres se dará cuenta y le dará pie a que él también lo esté.

Es importante que os vea tranquilos y seguros, así facilitaremos su experimentación con el nuevo entorno y le ayudaremos a adquirir cierta autonomía. Cuanto más corta sea la despedida y con más seguridad y firmeza se realice, mejores resultados se obtienen y menor es el tiempo de adaptación. Es bueno también animarle en el momento de ir a la Escuela transmitiéndole seguridad con frases como “vas a pasarlo muy bien” o “jugarás como lo hacemos en casa pero será aún más divertido”.

El apego

Durante los primeros momentos de la escolarización, todo es nuevo y extraño para el niño, por lo que es de vital importancia la figura del educador, que se convierte en la persona de referencia en la escuela. Con el perfeccionamiento del gateo y después con los primeros pasos, el niño va descubriendo a sus iguales. Se encontrará con otros niños con los que coincidirá en intereses o no. Surgirán los primeros conflictos, las primeras alianzas, la sensación de pertenencia un grupo y todo un amplio repertorio de figuras relacionadas con la afectividad y el comportamiento social.

madre y padre

Instaurar unas relaciones afectivas saludables es la mejor herramienta de la que disponen nuestros docentes para conseguir los objetivos pedagógicos que se proponen. De igual manera, las buenas relaciones entre los educadores de la escuela infantil y los padres, así como el mantenimiento de una mutua información entre ellos, favorece el adecuado desarrollo infantil y la adaptación del niño a la escuela. Por eso en Booma prestamos especial atención a estos puntos y trabajamos día a día para que los niños se sientan tan queridos y valorados como en casa.

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El mundo emocional de los bebés

Dos de los importantes retos a los que se enfrenta un recién nacido son el de desarrollar la capacidad de sentirse tranquilo y el utilizar los sentidos para empezar a reconocer el entorno que le rodea. Durante éste primer período de su vida, el bebé se encuentra en un círculo de retroalimentación constante: cuando está tranquilo desarrolla las capacidades sensoriales para reconocer el entorno y cuando emplea los sentidos, se siente tranquilo y concentrado.

Los juegos sencillos dirigidos a los cinco sentidos favorecen su autorregulación y el interés por el entorno. Pero lo más importante es que se sienta querido y esto ocurre cuando los adultos son sensibles a sus características, necesidades y reacciones. En este sentido en Booma contamos con personal que presta especial atención a estas expresiones y que está altamente cualificado para responder a las necesidades individuales de cada pequeño.

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A partir de los 3 meses

Con esta edad, el bebé empieza ya a relacionar causa con efecto. Los adultos deben favorecer ésta relación, que no es otra cosa que una forma de comunicación. Por ejemplo, pueden devolver una sonrisa afectiva cuando el bebé sonríe o imitar sus runruneos o el movimiento de sus brazos. Es ahora cuando los bebés empiezan a dotar sus acciones de intencionalidad, es decir, descubren que sus acciones provocan respuestas en los demás.

Los adultos deben identificar y responder a la manera de comunicación emocional del bebé. Por ejemplo, si siente molestias, se le responde con preocupación y si está feliz, con alegría. Con éste tipo de relaciones causa-efecto el pequeño empieza a tomar conciencia de cómo influir en su entorno, lo que le va proporcionando seguridad y confianza en sí mismo y en los demás.

Entre los 4 y los 6 meses

Durante esta etapa de su vida, el bebé comienza a desarrollar un vínculo especial, denominado apego, con una o varias personas de su entorno (en general, aquellas que satisfacen sus necesidades habitualmente). Como explican M. J. Ortiz, M. J. Fuentes y F. López en el libro Desarrollo psicológico y educación, “la función del apego es proporcionar seguridad emocional: el bebé quiere a las figuras de apego porque con ellas se siente seguro, aceptado incondicionalmente, protegido y con los recursos emocionales y sociales necesarios para su bienestar”.

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No todos los bebés son iguales y sus respuestas emocionales tampoco. Cuando los adultos llegan a conocer todo aquello que le tranquiliza y estimulan su interés por conocer el mundo es cuando le están ayudando a mantener el equilibrio y a sentirse emocionalmente satisfecho. En relación a este aspecto, la dilatada experiencia de nuestras educadoras facilita la interpretación de las emociones de los bebés.

Poco a poco, el niño se va transformando en un explorador incansable y una de las cosas que más le gusta es investigar las relaciones con los demás. Al ser más activo con su entorno comienzan a aparecer emociones muy diversas que van desde el placer y la afectividad hasta la rabia, pasando por la curiosidad, la decepción, la tristeza o el miedo.

Sobre los siete u ocho meses, la intensidad del apego hacia una o más personas se incrementa y ya no sólo es que prefiera estar en su compañía sino que suele mostrar recelo con extraños.

A partir de los 10 meses

A partir de los diez meses el desarrollo de dos nuevas habilidades comenzarán a acaparar la energía del bebé: el movimiento independiente y el lenguaje verbal. Mientras tanto, en el plano emocional, comienza a organizar su conducta y va siendo capaz de aunar pequeñas actividades con sus emociones correspondientes. A medida que pasa el tiempo, la expresión de las emociones se hace más compleja y organizada.

En esta etapa todo empieza a ser más evidente. Por ejemplo, el enfado se acompaña de gestos tales como lanzar objetos, dar golpes con la mano o alejarse de la persona que se lo provoca. La ternura, de rostro cálido, besos y abrazos. El sentido de sí mismo no está lo suficientemente desarrollado como para mostrar sentimientos de culpa o vergüenza, pero si es posible observar atisbos de emociones más complejas.

Responder de manera apropiada y empática a las necesidades del niño es bueno para su crecimiento emocional, sin embargo, es importante también que aprenda a aceptar retrasos en el tiempo de las respuestas y las frustraciones que de ese retraso pudieran derivarse. En definitiva, para que el niño establezca lazos emocionales profundos, es fundamental dedicarle tiempo de calidad, mostrarle afecto, ser sinceros con los sentimientos y dedicarle nuestros cinco sentidos en los momentos de intercambio emocional.

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